El existencialismo en el Caribe

Las heroínas en la casa
Visión de mundo en Respirando el verano de Héctor Rojas Herazo

” Hasta el momento, en poesía y en novela, he tratado de ser fiel a un sabor, aun estar, a una conducta somática que nos impone el Caribe. Los sentidos están allí al rojo vivo. La realidad es tan mordiente, tan perentoria, que resulta irreal. Mientras más verídicos, más oníricos… es la nación-llaga del caribe. Este dolor – que obliga a sus intérpretes a una noción personalísima del cromatismo elegíaco y el arcaísmo composicional – se resuelve en un sentido esperpéntico del espacio y del abigarramiento humano. Todo allí es quejumbre. Su temática es un velorio permanente… Al llegar a este punto, es bueno recordar que nuestros pueblos colombianos del Caribe no tienen nada de alegres”
Héctor Rojas Herazo

La libertad y la facticidad, su contradicción, son los ejes centrales del pensamiento sartriano. El ser humano está en el mundo, preso del pasado, de las circunstancias, de la historia, pero con la posibilidad de angustiarse, de ser consciente de que existe, de la muerte, de la finitud. Más allá de hacer una reflexión sobre la validez de las premisas de esta versión pesimista y atea del existencialismo, debemos mirar las condiciones sociales que generan esta evaluación del mundo. El existencialismo es la respuesta a las guerras mundiales, a la instauración de la racionalidad instrumental como desarrollo de las fuerzas de destrucción del capital y a la precoz revés de la revolución obrera soviética, en su degeneración stalinista. Podemos decir, entonces, que es una visión de las sociedades derrotadas.

Es por ello que nos podemos explicar que en el Caribe Colombiano se hubiera producido una literatura que se puede inscribir en la axiología existencial. Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, escrita en 1962, es el inicio de una saga novelística que se funda en el desarraigo y la memoria. En noviembre llega el arzobispo (1967) y Celia se pudre (1985) hacen parte de esta tríada. Celia, figura central de su narración, extiende hacia la casa y los parientes, las ramas de este desarraigo, de este distanciamiento del mundo que es al mismo tiempo permanencia a través de la memoria, pervivencia en una población a orillas del mar, a margen de la historia, padeciendo sus incontenibles maretas e intentando salir de la oquedad que implica la inevitable muerte, no como fin de la existencia, sino como amenaza cotidiana y experiencia visceral:

Todos en aquel patio parecían respirar y vivir sin sentido. Era un hálito monstruoso, un sopor eructado por la tierra. Y no era sudor lo que manaba de aquellos cuerpos. Era un ácido destructor fluyendo en una ronca transpiración como si el aire, al ser ingerido, tratase de reencontrar su libertad rompiendo cada poro[2].

Así es el mundo en Héctor Rojas Herazo, hostil y degradado, tanto en su sinuosidad geográfica como en su deterioro humano: seres puestos al margen de la historia, al margen de un país que transcurre lejano y extraño, a la orilla de un mar que es tanto evidencia de su origen primigenio como puente sustancial con otros pueblos. El verano es un estadio permanente: la soledad y el recuerdo dan un salto a la conciencia de su propia existencia, a la angustia de saber de la muerte y a la posibilidad de hallar en la casa y los parientes una forma de persistencia.

La configuración del universo ficcional de Héctor Rojas Herazo muestra un mundo en el que la historia ocurre en otro lugar (facticidad) y sólo hace presencia como noticias dolorosas de una guerra que le es extraña y de viejos libros o diarios que dan cuanta de su pertenencia a ella. Y en medio de esta realidad que se deteriora al tiempo que transcurre está el clan familiar y las heroínas de la casa. Celia, la Niña Taya, es el eje de esta suerte de resistencia en la que la memoria se vuelve caldo existencial para soportar la desconfiguración de un universo que los invade y empuja no sin violencia a esa historia (angustia).

En Celia, podemos ver una heroína que asume una posición existencial, entendida esta como una concepción que surge en estadio sociales en los que la modernización rompe con los grandes ideales a través de la destrucción. El Caribe Colombiano, tras la modernización desde arriba que implicó la Independencia y media centuria de guerras civiles, se convirtió en una región marginal en la que se generó una condición en la que la existencia es asumida como conciencia de la temporalidad, en la que el pasado se impone como deterioro, el futuro no muestra salidas y el presente es inasible. Y Celia es la voz principal de esa evocación, pero no sólo una voz que recuerda sino que reflexiona acerca de esa dimensión temporal, de la temporalidad. Celia, a través de su idea de la muerte como fin de un ciclo vital y puerta sutil hacia la guarida fantasmal, se separa del mundo y es la propia suma de sus muertos, los fantasmas vivos y muertos.

El Caribe Colombiano, al margen de la historia

Pero Cedrón no es sólo la representación de una pequeña población a orillas del Caribe Colombiano, es la representación universal de mundo que hace Héctor Rojas Herazo: el desarraigo humano y su vecindad con la angustia de la existencia. Y esa suerte de patria que es el Gran Caribe se establece alrededor del mar, sin territorios, límite abierto de esa geografía insular[3]. En el pasado, fue escenario privilegiado de las guerras entre los imperios coloniales de ultramar y albergue itinerante de las primeras voces iluministas americanas que originaron los primeros procesos de independencia (Haití, Provincia de Cartagena). Al mismo tiempo fue, en el vórtice de los siglos XIX y XX, tiempo en el que transcurre la historia, una región arruinada por la independencia (con la caída del comercio marítimo legal e ilegal) y posteriormente por la modernización, sustentada por la creación de un mercado andino interno. Pueblos itinerantes, de diversidad lingüística y profunda hibridación religiosa, conectados por la ritmia musical africana, más allá de este mar.

Desde Cedrón, en particular desde esa casa-patio de Celia, Héctor Rojas Herazo habla del universo, separándose de lo que llama cosmopolitismo: “La meta de ese cosmopolitismo (lo contrario de universalidad) era alcanzar la más sofisticada gramática de las formas, sin haber atravesado el purgatorio de una geografía”[4]. Y en Respirando el verano esa geografía se atraviesa sin atenuantes:

Las tres quedaron en silencio. Escuchando el vapor cansado del patio, el quejido del verano en la noche que empezaba a crecer sorbiendo el enérgico olor de las cosas y el áspero bostezo del mar que las arropaba como un manto de sofocación, de pesadumbre, de anhelante ruina[5].

Por eso la guerra fue la conexión con esa historia colombiana, una guerra de la cual hacían parte pero no les pertenecía, una guerra que sucedía afuera, pero de la cual sufrían los estragos. Celia recuerda el viejo esplendor de la casa y su destrucción: “Los ladrillos los levantaron los cachacos cuando llegaron en el ejército de Ospina… entonces la casa era cómoda y bella”[6]; o el anuncio del oficial José Manuel Espinar del traslado del presidio de su marido: “Las dos habían apreciado el lento arrastre de sus palabras y esa música forastera -¿de montaña o de llano?- con que él parecía cubrirlas antes de entregarlas, pulidas y fáciles como si les hubiese pasado la manga de la guerrera, al oído de las dos mujeres”[7]. Pero siempre la guerra como vinculación con la historia, como en aquella mañana cuando llegaron los soldados y se posicionaron de la casa de Celia en una esquina de la plaza:

Celia sufrió un oleaje de rebeldía y de asco. Sentía en sus brazos la fuerza de veinte hombres. Sabía que, de quererlo realmente, podía sofocar como a un gato, con sus dedos llenos de ira, aquel bulto casi invisible que allí, en su alcoba, en su propio lecho, era capaz de darle órdenes como a una sirvienta[8].

Lo existencial en Celia

Hemos sostenido que en Celia hay un posición existencial frente al mundo, ahora miremos cómo se presenta en Respirando el verano esa dualidad novelesca que es la separación entre el héroe y el mundo, una condición en la que sólo la conciencia de la temporalidad y de la propia existencia la salvan de la ruindad conciencial, mas no de la material. Por ejemplo la casa, Celia permanece en ella casi siete decenios, pare once hijos y padece siete muertes: “el resto fue la casa y el patio. Entró en la casa como un alma que penetra en un cuerpo”. Pero la casa en Rojas Herazo no es el equilibrio de un universo que se desestructura, sino un universo despiadado que se corroe, que se pudre:

La casa tenía su misma edad y duro exactamente lo que duró ella. A los tres días de muerta la casa se derrumbó de golpe como si alguien le hubiese dado un brusco manotazo… sinembargo parecía no darle importancia a este aspecto, el más inquietante y misterioso de su existencia… porque no era que ella habitase una casa… no se trató de eso en lo absoluto. Fue que ella y la casa se volvieron un solo organismo[9].

La casa es, como parte sustancial de la existencia de Celia, la respiración de su angustia, el distanciamiento y refugio del mundo, lo que evita la desesperanza en una percepción temporal porosa, de una vida que, en medio del verano hostigante, se niega a perecer. Y reflexiona sobre la muerte, actitud que refleja su continuo estar en el tiempo, su conciencia de la finitud, al ver a su hijo Horacio retornar y perecer, en el fondo del patio, en un camastro en el que agoniza:

Pero que no le vengan a decir a una que la cosa se acaba con solo tapar el ataúd. Porque yo, sí señor, yo sé lo que me digo, sé que la gente no se muere por el sólo hecho de que la amortajen. No se resignan a irse del todo. Yo creo que lo que pasa es que se dejan morir de cuerpo y se quedan, sin deshacerse completamente, porque no pueden, acá arriba, con algo de ellos viviendo de nosotros… Porque ¡Dios mío, esto no puede morir, esto no puede morir![10].

Esta conciencia de la contingencia, este negarse a aceptar el absurdo de la vida, esta voz angustiada de una abuela del Siglo XIX en una población a orillas del Caribe, manifiesta un rasgo fundamental de la axiología existencial: la reflexión sobre la muerte y por ende sobre la razón de ser de la existencia, sobre lo absurdo. Y si bien la voz de Celia se refugia en la trascendencia suprasensible, la visión que expresa su autor en la totalidad de la obra (y que más tarde describirá en Celia se pudre como ‘la cosa’) es la náusea como una angustia por esa finitud, por lo que cae, por lo que se corroe.

Notas
[1] García Usta, Jorge. Confesión total de un patiero. En Boletín cultural y bibliográfico # 24-25 Volumen XXVII, 1990.
[2] Pág. 19
[3] El investigador cubano Antonio Benítez Rojo sostiene que el Caribe es una ‘isla que se repite’ en medio de la pluralidad cultural, cuyos elementos fundantes son la tradición de la economía de la plantación, la esclavitud y una cierta manera de ser que reacciona frente al orden modernizante a través del carnaval, sublimando la violencia. En el Caribe Colombiano, la particularidad es que las economía de plantación no surgieron y la esclavitud fue básicamente doméstica, pues la vocación colonial fue la comercial.
[4] García Usta, Jorge. Confesión total de un patiero. En Boletín cultural y bibliográfico # 24-25 Volumen XXVII, 1990.
[5] Pág. 22
[6] Pág. 23
[7] Pág 58.
[8] Pág. 64
[9] Pág. 134
[10] Pág. 168

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Acerca de Papeles secundarios

Cartagena, 1973. Escritor y periodista.
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