La poesía de John Jairo Junieles

Un hombre se mira y es sólo un recuerdo

Una extraña criatura flotaba sobre las aguas de un lago, una barcaza se acercó y la criatura preguntó al de la barcaza quién era, “un hombre”, respondió y devolvió la misma pregunta, recibiendo la misma respuesta, después empieza “una agria, larga y bastante absurda discusión”. Ese es el hombre para John Jairo Junieles: una extraña criatura que camina sin arraigos, sin razones, buscando un lugar al que ya no pertenece y que, tal vez, ya no existe o nunca existió.

Iniciando el último decenio del Siglo XX, en 1993, conocimos ese librito negro que parecía no pertenecer a un escritor de estas tierras. James Dean camina con un cigarrillo entre los labios bajo una lluvia fría que ha convertido la acera en un espejo de su propia soledad. Era Papeles para iniciar el fuego, un poemario que indaga en el desconcierto de una generación que creció bajo los cantos de sirena de los desencantados, bajo las ruinas del Muro de Berlín y en el advenimiento de un siglo sin ninguna promesa pero con demasiados afanes de llegar al fin de la historia.
Tres años después llegaría Temeré por mí al final de estas líneas, prosas poéticas que afirman la visión del mundo que se insinuaba en su primer libro, donde nos muestra esa criatura incapaz de comunicarse con sus semejantes, encerrada en sus recuerdos y perdida en medio de sus aspiraciones y confusiones.
Con “Canciones de un barrio en la frontera”, Junieles muestra todo el esplendor del desarraigo, la ciudad se vuelve apenas pretexto para evocar el barrio, el patio, en suma: la infancia. Junieles nos hace entender que somos de las fronteras, que apenas podemos asomarnos y que tenemos derecho a no entender.
Esa extraña criatura a la que nos acercaremos desde nuestra barcaza es John Jairo Junieles, escritor y periodista, también abogado, nacido en Sincé, Sucre, en 1970. Entre las cosas que ha hecho para ganar y perder la vida (para ganarse y perderse en ella) se suma la coordinación de la revista Solar de El Periódico de Cartagena, la reportería en los diarios El Universal de Cartagena y La República y la corresponsalía de El Mundo de Madrid. Además es miembro del consejo editorial de la revista cultural Noventaynueve de Cartagena y colaborador de la revista Víacuarenta, de Barranquilla.
En Cartagena, ciudad donde se gastó los bluyines de su adolescencia, se cansó de ganar concursos literarios y ahora desde Bogotá nos llegan noticias suyas. El año anterior fue ganador de la Beca de Creación con el proyecto de novela: Nosotros, los siervos de Nueva Escocia; y del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá con: Canciones de un barrio en la frontera. Ha publicado, además de los tres poemarios referenciados, el libro de cuentos: Con la luz que me queda basta, en 1997.
De sus dos primeros poemarios comentó el escritor Héctor Rojas Herazo:
“Después de la visita a sus dos libros: Temeré por mí al final de estas líneas y Con la luz que me queda basta he vuelto a regresar, como también le ocurrió a usted, a ese lugar de donde nunca me he ido. Sus dos libros, de ardida y entrañable poesía, conforman el documento de alguien que muerde (y hace sangrar) la carnadura de la memoria, paladeando la angustia de sus propios deseos. Es el hombre solo, solo de verdad, como esencialmente se encuentra cada ser vivo, embistiéndose a sí mismo. El que ya se ha acostumbrado a oír sus furores sin inmutarse. El que sabe que siempre habrá un viento (a veces un murmullo, a veces una terrible voz) atravesando sus entrañas… En alguna forma, dura y profunda, lo que usted ha realizado nos sirve a todos sus lectores de compañía y nos obliga a aferrarnos más y más –y en alguna forma a tratar de descifrarla– a nuestra atroz y zarandeada inocencia”.
Caminemos, pues, por estos tres poemarios, recorramos esos papeles iniciales que encendieron el fuego, miremos la criatura humana, a veces como dios, a veces como el diablo, en su soledad, en su imposibilidad de asir el presente e indaguemos en el caos los misterios de un siglo que ha muerto dejándonos al margen de la historia.

El Otro Junieles
Papeles para iniciar el fuego es, como todo inicio de una gran obra, el poemario fundacional de un mundo. Y el mundo de Junieles es el mundo de los hombres solitarios que arrastran por la ciudad sus recuerdos, que ocultan sus verdades y que apenas las sacan como pañuelos de la nostalgia.
En “Por quién ladran los perros” se inicia la vieja historia de un hermano que no llegó a nacer y que fue enterrado en el patio:
Luego vine yo y caí en la trampa/ y me llamaron como a él/ condenado a saber que cada gesto/ y acto mío es inferior a él/ que hubiera sido capaz de volar/ yo que apenas camino tropiezo/ vestido de gris por la ciudad/ ocupando el espacio suyo/ sus palabras/ todo eso que me queda grande.
La historia de ese Otro John Jairo profundiza el desarraigo del poeta, como si él no fuera él sino su imagen frente al espejo, separada de su propia existencia, apenas aspirando a imitar los gestos de un ser que ya no existe, del que sólo es una versión.
En “Para una sombra cualquiera” aparece otra vez esa fragmentación de sus vivencias, la sombra del Otro, la profundización de su angustia:
Cuando todavía no era dueño de Junieles/ y ya él era mi nombre y mi señal/ me llevaba por sitios donde los pájaros/ eran sombra y canción.
El Otro incluso es dueño de su infancia, de sus recuerdos de pájaros y árboles, como si sus buenos recuerdos no pertenecieran a él, que de él sólo fuera el vacío, la pervivencia. En Como se va la vida de lo que se va del tiempo es el poeta el que se vuelve el Otro: el muchacho de la foto parece reprochar/ al agua mansa que es el hombre de hoy/ Yo ya no soy yo…/ es como si un día despiertas/ y descubres alguien que ya estaba adentro/ pero sólo hasta entonces reconocías/ El otro/ allí donde empieza un descenso en lo oscuro/ donde cada paso me aleja de mí/ de este poco de mí que me queda.
Y en El siempre abrazo encontramos la imagen en su plenitud, las piezas que faltan, la fotografía del más trágico de los desarraigos, el de ti mismo:
No espero que puedan entender/ por qué inútilmente debo ser Junieles/ por qué tomo a veces el teléfono me llamo/ y no me encuentro/
Para cerrar este recorrido por el poemario inicial de Junieles una imagen que nos recuerda esa delgada nube que pasa por la luna llena en el filme de Buñuel y que se convierte en una filosa cuchilla que corta un ojo abierto. En Aun cuando todavía, toda la inutilidad de la existencia, todas las cargas, aun las sonrisas, son como esa nube y no sabemos cuando se convertirá en cuchilla y llenará de sombras nuestra pobre luz:
Lo terrible/ es que a punta de sonrisas/ y prisas inventadas/ estemos limando tiempo/ haciendo más filoso el momento/ del adiós

Al final de la línea
Al principio, comentamos la historia de la extraña criatura: el hombre. Una criatura que con la infancia pierde el rumbo, que inventa la historia, que hace igual ciudades, guerras y besos, lo mismo va a cine o se encierra en su habitación mirando una fotografía de New York, una frágil criatura dotada de uñas y dientes, que perdió algo y que buscándolo se pierde aún más: Es la infancia también un domingo rojo con tigres de Bengala y un payaso que me pegaba con un garrote de hule./ Había plumas,/ algodón de azúcar,/ barriletes/ y la risa de mamá era un cascabel./ Luego llegó el lunes con el abuelo lejos/ y nunca más he oído la risa de mi madre./ Ella se ríe a veces pero yo sé que esa no es su risa,/ sino como un recuerdo,/ como un barrilete con el hilo roto,/ algo lejano y que se pierde al tratar de encontrarse.
En este fragmento del texto “¿Por qué canta el pájaro enjaulado?” del segundo poemario de Junieles, Temeré por mí al final de estas líneas, el poeta se sumerge más en el barro: no es Junieles el único que no se pertenece, que no se encuentra, es el ser humano, como especie, el que pierde algo, el que se va desdibujando con el advenimiento del lunes, perdiendo la risa del domingo.
En “El cuarto de san Alejo”, nos va a afirmar esta idea: la vida como algo que no nos viene, que no es nuestra, que sólo existe como pasado, porque es presente es etéreo:
Mi vida ha sido como unos zapatos perdidos y olvidados que una tarde encuentras en el sótano y lo traes a tu habitación, tratas de meter el pie y ya no cabe.
Y, para cerrar este segundo libro en el que ya está iniciado el fuego, Temeré por mí al final de estas líneas nos revela la criatura, el último hombre, como un simple mamífero que en la soledad de un hospital se enfrenta a su tragedia:
Sé que está solo/ no como el primer hombre,/ sino como el último./ Sabe que es feo,/ que cada noche será peor y/ que no hay nada por hacer…/ Sabe… que los mamíferos no se aman para siempre/ y sé que le duele.
Al final de esas líneas, Junieles nos ha dejado al borde del abismo, con unas cuantas plumas en las manos, como vestigios de unas alas que perdimos, como extrañas criaturas que nos vemos y no nos reconocemos.

Al margen
Junieles sabe de dónde viene, es la única certidumbre que persiste. Trae sus sabios: la madre, el abuelo; sus sueños: la ciudad, ganar otra pelea; su origen: un animal triste que contempla su decadencia. “No dejes los espejos boca arriba” es el consejo del anciano que instala en él el misterio como tradición milenaria y ese mito retorna al poeta como otra incertidumbre, como otra ausencia:
Vengo de un cuarto,/ de un rincón,/ de un baúl sobre el que reposa siempre el almanaque Bristol./ Vengo de una hamaca donde el abuelo me da su primer consejo:/ No dejes los espejos boca arriba,/ nunca sabes lo que puede salir de ellos.
Los hombres de hoy, en cambio, desconocen esos misterios, acuden a ellos y los encuentran vacíos, sólo les queda indagar en esos secretos (como en Poema madre) a quienes pueden poseer las piezas que faltan:
¿De qué madera está hecha esta canoa que lleva medio río sin quejas, y piensa que todo mal lleva el bien amarrado en la cola?…/Dime madre con tus ojos el secreto,/ dime cómo se llega alegre hasta el final, a pesar de los abismos,/ dímelo a mí,/ que soy la única pluma sucia de tus alas.
Sin embargo, en El animal que olvidó Noé, el pasado se vuelve también sombra a la vista de los hombres que hoy sólo miramos antenas en el cielo:
Saber que el pasado es una sombra, que el patio está vencido y mi mirada hoy sólo descubre antenas en el cielo…/ Parezco un animal que olvidó Noé./ Siento un vacío sin culpables,/ como el bolsillo de un espantapájaros/ en el centro de un baldío.
No hay culpables, sólo seres solitarios que perviven en el caos que es la historia, Una música que persiste, una suerte de cambalache, como el de Santos Discépolo, en el que todos estamos como el espantapájaros en el baldío, en la aridez del desierto. Una historia que nos deja al margen, una puerta por la que no podemos entrar, donde sólo podemos asomarnos:
Moisés, Cristo, Mahoma y Buda en el desierto. La ceguera de Milton, la cárcel de Dostoievski, la prisión de Cervantes, el destierro de Dante, Nietzsche abrazado llorando el dolor de un caballo y pidiendo a gritos un espejo.
Ahora todos precisamos de un espejo para encontrar esa otra mitad perdida, para salvarnos del caos, en un mundo donde Los cigarros salvan más que las plegarias:
Me pregunto: ‘¿Si por fin fuera Dios que pregunta/ por el hombre al otro lado de la línea?’/ Me respondo: ‘Demasiado tarde’/ Aspiro mi cigarro,/ y sigo mi camino.

Los golpes del viento
Ese es el mundo de John Jairo Junieles, un mundo que en apariencia ocurre en las calles de una ciudad, con un hombre solitario que fuma como si ya nada tuviera importancia, pero que es una criatura angustiada por la soledad, evocando los recuerdos de un pasado inasible y sin fe en el porvenir.
La visión del mundo de Junieles es la de una generación acusada de no soñar, sin nombre. En Oscuro es el canto de la lluvia, antología de poesía joven en la que aparece Junieles, sostiene el compilador Federico Díaz-Granados: …en la agonía de una centuria difícil para la humanidad, tal vez anclando en el silencio de la memoria para construir la historia de nuestros días, eso sí fieles a la premisa de Jim Morrison que ‘sólo la poesía sobrevivirá al holocausto por estar hecha de música y palabras’, esas dos materias tan fugaces y eternas por medio de las cuales podemos conocer el universo.
Y no fue casual que Junieles publicara sus primeros poemas en la revista Candil de la Universidad de Cartagena, pues si bien no hizo parte del taller literario, sí podemos decir que existen vasos comunicantes con esta generación a la cual pertenece. En ellos se imponía una evasión ante una realidad que se leía como inhumana, sucumbían por entonces los paradigmas y las posibilidades de una sociedad alternativa al capitalismo y eso se reflejaba en las ideas de la revista, no se pregonaba un arte por el arte ciego pero sí una necesidad de tener la palabra como centro de sus preocupaciones en el sentido de su pureza, es decir, en un mundo que se desmorona, levantar la palabra como reivindicación era un ejercicio de fe el hombre, en la humanidad, en un editorial sostenían:
Es posible que nuestros poetas jóvenes, sumergidos como están en el fondo del drama nacional, se sientan abatidos e inermes ante una pesadilla cuya trama se pierde en el subsuelo de la nacionalidad preñado de injusticias, atropellos, abandono y egoísmo ciego. Ellos, nuestros poetas y narradores jóvenes observan el drama y presienten que los ríos de la tragedia nacional traen el germen de inhumanidad desde los pliegues más oscuros de la madre tierra y que algo muy vago e indefinible anida en la naturaleza del hombre que lo pierde y destruye de un modo fatal .
Para terminar, dejemos escuchar los golpes del viento en Canción de un barrio en la frontera, versos que resumen este recorrido: la infancia como patria abandonada hacia un exilio eterno; el descubrimiento de la soledad frente al espejo, tu propio desconocimiento; la fe como último recurso, como una fría moneda en el bolsillo roto; el ser humano al margen de su propia historia, viviendo apenas de sus recuerdos, buscando ese lugar donde golpea el viento:
De la calle vienen ruidos naturales, te asomas por la ventana y ves la escena: la lluvia cayendo y las risas de los niños bañándose en los chorros y haciendo barcos de papel. Se ven felices, como animales enjaulados que descubren el verdadero tamaño del mundo.
Ahora estás en el baño, te asomas al espejo: la nariz está en su sitio, los anteojos, el niño a escondidas jugando a afeitarse con las cuchillas de su padre.
De pronto, y sin razón, los niños te dan qué pensar, te preguntas qué distancia existirá a pesar de todo el camino recorrido. Qué Dios será este, más viejo que los volcanes, que da la fruta y también el gusano, este Dios de Palestina de Colombia y Sarajevo, este Dios que invita a tirarse a tierra, masticas raíces y morder piedras.
Los niños siguen bañándose en las calles bajo los chorros. Más allá los tejados, las antenas de televisión, mientras la lluvia sigue cayendo sobre este barrio de frontera. Sientes cuán difícil parece ahora una oración, y sin embargo comienza a mover los labios:
¿Háblame señor con la voz de mis hermanos!, ¿Háblame tú que cuando cantas revives los muertos!
El viento golpea una ventana abierta en alguna parte.

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Acerca de Papeles secundarios

Cartagena, 1973. Escritor y periodista.
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