La sala de redacción: otro lugar difícil

Un cadáver en la mesa es mala educación

En el mundo editorial es fácil caer en la tentación de abrir casillas para las diversas manifestaciones formales de la narración. Los llamados géneros suponen una estructura formal más o menos establecida que pueden convertirse en cantos de sirena para la crítica literaria cuando se limita a superponer el texto con el esquema. ‘Un cadáver en la mesa es mala educación’ de Pedro Badrán Padauí es una novela negra que logra dos intenciones esenciales de este tipo narrativo: erigir una historia en los bordes de un enigma y dejar que los personajes, como construcciones éticas, caminen por la cuerda floja de los crímenes. Por ello la relevancia de las novelas no radica en el genio con el que un autor aborda un género sino en su capacidad de establecer un universo ficcional en el que juegan discursos diversos, visiones de mundo.
En esta novela se narran los sucesos ocurridos en la sala de redacción del conservador diario El Correo tras el asesinato del veterano periodista Alcibíades Salazar. La posible causa de la muerte es la investigación que realizaba sobre el crimen de un senador de la Democracia Cristiana interesado en el tema de los derechos humanos. La sociedad que se describe está contaminada por dineros ilegales, por la ilegitimidad de las instituciones estatales, por la corrupción de las entidades de represión gubernamental y por el proceso judicial llamado 8.000. Dos periodistas del diario encarnan dos discursos posibles frente a esta tragedia social en la que grupos paramilitares asesinan cada noche a líderes sociales, a seres marginados y personajes de la élite política.
Federico Laínez es un periodista cultural que se angustia por la situación, que es consciente de que a su alrededor todo sucumbe, pero sin ninguna disposición para detener la caída, refugiándose más bien en la contemplación, desde obras de arte hasta del culo de Valeria Fidalgo, la joven periodista recién llegada de Europa con el cerebro lleno de todo el esnobismo posmoderno. El otro es Gilberto Manzi, un periodista de izquierda, más bien estalinista, heredero de una visión política en el que forma y fondo están separados y subordinados a favor del contenido, dispuesto a convertirse en mártir por esclarecer la verdad.
Laínez y Manzi establecen una relación contradictoria en la que cada uno ve con cierta condescendencia al otro, cuestionando sus respectivas respuestas frente a los graves acontecimientos que suceden y ocultando también su mutua admiración por lo que no son. Manzi quisiera tener el talento escritural de Laínez, su amplio conocimiento sobre el arte, su manera de presentarse por encima de los hechos, de compartir esa sentencia de que todo existe para concretarse en un titular. Laínez se siente muchas veces aplanado por la abnegación de Manzi, su compromiso con la verdad, pues aunque todo esto le parece risible en medio de la contaminación social en la que viven, va cediendo a las lógicas de su reportería hasta salir un poco del marasmo en el que vive.
El punto más claro de este diálogo, que se construye en torno al enigma de una serie de amenazas y asesinatos, está en las palabras de Gilberto Manzi en uno de los tantos encuentros que tienen en la sala de redacción: “¿Una novela? ¿Mezclar la realidad con la ficción? No es el tiempo de la novela sino el del periodismo”.
Un país, una sociedad, en ruinas. Hombres y mujeres que se ven arrastrados por las circunstancias y que son obligados a asumir una posición ética en un mundo que se va, que cae sin contención posible. Los personajes de los libros de Badrán siempre fueron testigos de momentos de trasformación en los que el tiempo discurría en espacios que los guarecen de esa fuga, en lugares difíciles que hacían parte de su construcción como seres ficcionales. En ‘Un cadáver en la mesa es mala educación’, la sala de redacción es otra vez ese lugar difícil en el que los titulares y las noticias se convierten en versiones tardías de una realidad inefable.
Esta discusión entre Manzi y Laínez se convierte en una relación triangular cuando va emergiendo la figura de Molano, el fotógrafo judicial. Molano se presenta como un personaje secundario, implicado en el oscuro mundo del crimen policial, pero va tomando fuerza al paso de la historia.
Con el personaje de Molano, Pedro Badrán va retomando otra de sus preocupaciones: la vigencia de la novela y la narración moderna, el mundo de las imágenes, la anunciada irrupción de la sociedad de las imágenes y la primacía de la escritura como un signo de atraso. Cuando Federico Laínez y Valeria Fidalgo van a tomar un café y con una mirada dan la orden a Molano para que se quede en la sala de redacción, el narrador reflexiona: “Era una orden, los fotógrafos y los camarógrafos siempre estarán en una escala inferior, todavía el privilegio de la palabra sobre la imagen”.
Y la novela es recurrente en estas discusiones tan necesarias en estos tiempos. En medio de notas publicadas en El Correo, manuscritos y narradores diversos, hay una tremenda desolación en las voces de Laínez y Manzi, a pesar de estar en polos opuestos en lo ético y en lo estético.
Ya en ‘Lecciones de vértigo’ Badrán Padauí advertía sobre la sinuosidad de los géneros, haciendo algunos apuntes en la narración misma sobre la diferencia entre la literatura fantástica y el realismo mágico. En ‘Un cadáver en la mesa es mala educación’ podríamos irnos por los atajos y caminos del enigma y encontrar una novela negra en todas sus particularidades o por sus exploraciones teóricas acerca de la relación dialéctica entre la imagen y la palabra, también por los apuntes interesantes sobre el arte contemporáneo desde las visiones contrarias de Laínez y Valeria. Pero es menester decir que la obra va más allá, que sus personajes desbordan los dramas coyunturales del país referenciado, soportando las angustias de un mundo en el que el viejo orden no termina de caer y el caos no parece advertir el surgimiento de uno nuevo.
‘Un cadáver en la mesa es mala educación’ (junto a la novela de Héctor Abad Faciolince, ‘El olvido que seremos’) hace parte de ese puñado de obras que comienzan a abordar la complejidad de nuestros tiempos, muy lejos de las tibias apologías al mundo sicarial y de las también tibias irreverencias a destiempo de la más reciente narrativa colombiana.

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Acerca de Papeles secundarios

Cartagena, 1973. Escritor y periodista.
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